{"id":10448,"date":"2020-09-17T16:53:27","date_gmt":"2020-09-17T21:53:27","guid":{"rendered":"https:\/\/rutanoticias.co\/?p=10448"},"modified":"2020-09-17T16:53:27","modified_gmt":"2020-09-17T21:53:27","slug":"los-sordos-ya-no-hablan-pero-aunque-muertos-siguen-hablando","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/prueba.rutanoticias.co\/index.php\/2020\/09\/17\/los-sordos-ya-no-hablan-pero-aunque-muertos-siguen-hablando\/","title":{"rendered":"Los sordos ya no hablan siguen dando &#8220;piqui\u00f1a&#8221; al pa\u00eds"},"content":{"rendered":"\n<p>Los Sordos ya no Hablan siguen generando \u201crasqui\u00f1a\u201d en el pa\u00eds. <\/p>\n\n\n\n<p>Ahora Joan Manuel Largo dice que Los Sordos ya no Hablan, narrando la tragedia de Armero, nos lleva \u201chasta lo m\u00e1s profundo de la memoria.<\/p>\n\n\n\n<p>Aqu\u00ed la rese\u00f1a de Los Sordos ya no Hablan:<\/p>\n\n\n\n<p>\u201cJoan Manuel Largo Vargas, Docente de Historia Eafit<\/p>\n\n\n\n<p>Decir que somos un pa\u00eds sin memoria es ya un lugar com\u00fan. Una obviedad.<\/p>\n\n\n\n<p>Cada vez menos, sin embargo, hay voces que se\u00f1alen los efectos nefastos de esa falta de memoria, de la ausencia de sentido com\u00fan que se le suma a este extrav\u00edo nuestro. <\/p>\n\n\n\n<p>Dif\u00edcilmente hay registros de la magnitud de ese obrar a ciegas que parece caracterizarnos. <\/p>\n\n\n\n<p>Y eso es lo que implica Los sordos ya no hablan: una impresionante asomada al abismo profundo que nos amenaza en cada uno de los d\u00edas de este rinc\u00f3n del mundo, y un recuerdo de la terquedad se\u00f1era que muchos esgrimen como virtud. <\/p>\n\n\n\n<p>No es una simple cr\u00f3nica sobre el desastre de Armero, en el aciago 1985. <\/p>\n\n\n\n<p>Es una novela fascinante en la que se cruzan tantos hilos, que es dif\u00edcil trazar una l\u00ednea para separar los datos precisos de la cat\u00e1strofe de esos otros peque\u00f1os caos que cada uno de los personajes carga a sus espaldas. <\/p>\n\n\n\n<p>Inoficioso, adem\u00e1s, intentar separar esos dos niveles que confluyen en esta historia. <\/p>\n\n\n\n<p>Si se quiere, esta ser\u00eda una ficci\u00f3n agresiva, pues ah\u00ed donde se quisieran descripciones minuciosas arrecia un vendaval de im\u00e1genes desbordadas, y en donde parece estar todo muy claro emergen detalles min\u00fasculos, met\u00e1foras rebosantes de una sabidur\u00eda que nos llama desde lo m\u00e1s profundo de la memoria.<\/p>\n\n\n\n<p>Una risa tr\u00e1gica atraviesa este libro de principio a fin. <\/p>\n\n\n\n<p>Uno de los personajes, el Juez Municipal de Armero, aparece apertrechado con ese humor proverbial que ha caracterizado a la vida rural colombiana. <\/p>\n\n\n\n<p>El derroche rabelesiano de un carnaval de carcajadas sonoras, de banquetes con cerveza fr\u00eda, de las virtudes de la parte inferior del cuerpo. En su primera parte, esa risa desprejuiciada y jovial profetiza, sin quererlo, el futuro cercano de una ciudad en la que \u201clos problemas se arreglan por la fuerza de los pu\u00f1os o por el paso de los a\u00f1os\u201d: una Colombia chiquita.<\/p>\n\n\n\n<p>Como en las otras novelas del autor, un reverbero de voces imprime un vertiginoso ritmo a los hechos narrados. El lector sabe, de antemano, el desenlace de la gran historia entre l\u00edneas, la del desastre mayor, pero una curiosidad creciente lleva a querer conocer esa mirada detenida, desde tantas partes tan diferentes. <\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed, por ejemplo, una historia de amor se intercala en estas p\u00e1ginas, pero no un amor com\u00fan, desangelado, repetitivo o soso, sino un turbulento romance de los que sacan de quicio a los m\u00e1s conservadores. <\/p>\n\n\n\n<p>Encuentros fervorosos que recuerdan la f\u00e1bula dulce y afiebrada de las novelas de Fernando Molano, y que al mismo tiempo evocan la poes\u00eda de este mismo escritor bogotano: un amor entre machos err\u00e1ticos, salpicado de fibras tan sensibles como los versos de Jorge Gait\u00e1n Dur\u00e1n, o de las cartas secretas.<\/p>\n\n\n\n<p>La maledicencia de los pueblos, esa pacater\u00eda rabiosa que tambi\u00e9n nos da nuestra imagen de colombianos, nos recuerda los probables rumores en torno a la figura del alcalde de un municipio que desapareci\u00f3 por completo, de cuenta de su propia incapacidad y, antes que nada, de la sordera de sus autoridades. <\/p>\n\n\n\n<p>El alcalde, el cura p\u00e1rroco, el profesor, el parlante coronando una guadua como veh\u00edculo predilecto de comunicaci\u00f3n, entonces, aparecen como el pulso remoto de la Colombia de entonces (y tan parecida a esta de ahora), en la que las pandemias mundiales dif\u00edcilmente causaban miedo, y en la que la violencia reci\u00e9n estrenada alrededor del narcotr\u00e1fico neutralizaba cualquier otro tipo de amenaza; un pa\u00eds en el que la vida era tan fr\u00e1gil, cualquier amenaza parec\u00eda poca cosa. <\/p>\n\n\n\n<p>Las b\u00fasquedas de los habitantes de este Armero de ficci\u00f3n muestran lo endeble de los recuerdos, nadie tiene las respuestas necesarias para encontrar una salida justa ante la amenaza del volc\u00e1n. <\/p>\n\n\n\n<p>Un sopor invade a todos los armeritas, ignorados desde el centro del pa\u00eds. Ni el terror radial de Wells, como bien se\u00f1ala uno de sus personajes, hubiera roto la terca modorra de sus habitantes, y de sus distantes observadores cruzados de brazos.<\/p>\n\n\n\n<p>Un amor separado por el desastre. Miles de vidas cegadas en un estallido tan violento como ignorado en a\u00f1os posteriores. Una paradoja subyace en este relato. <\/p>\n\n\n\n<p>Tal vez menos oscura para quienes nos hemos acostumbrado al \u201cnada est\u00e1 pasando\u201d que como mantra mentiroso nos dicen desde siempre los se\u00f1ores del poder, los del centro, los de las leyes, los que nunca terminan bajo la tierra \u00bfC\u00f3mo entender que uno de los desastres hist\u00f3ricos m\u00e1s grandes del siglo XX, uno de los m\u00e1s letales acontecimientos de la naturaleza, apenas si suscite una o dos im\u00e1genes en la memoria del colombiano promedio? <\/p>\n\n\n\n<p>O peor todav\u00eda \u00bfC\u00f3mo ha sido posible que, algo que deber\u00edamos tener tan presente (la desidia gubernamental, la sevicia de las autoridades, la orfandad de las v\u00edctimas, el absurdo de un no hacer nada) se haya olvidado con tanta contundencia? <\/p>\n\n\n\n<p>Las \u00faltimas p\u00e1ginas de esta novela tienen un ritmo ensordecedor, logran traducir, en una medida novedosa, el v\u00e9rtigo, la desaz\u00f3n, la ceremoniosa man\u00eda de hundirse en un abismo tan profundo como nuestra hist\u00f3rica ignorancia.<\/p>\n\n\n\n<p>Conoc\u00ed Armero, su historia, no en un comentario familiar, no en el recuento colegial de nuestra historia, como deber\u00eda esperarse. <\/p>\n\n\n\n<p>La primera referencia que tuve fue en una lectura de estudiante en la Universidad del Valle: en La historia en migajas, el historiador franc\u00e9s Fran\u00e7ois Dosse hablaba de como los seres humanos han sido absorbidos por su temporalidad: \u201cSu libertad se reduce a esta imagen tr\u00e1gica de la ni\u00f1a colombiana atrapada para siempre en una masa fangosa de erupci\u00f3n volc\u00e1nica de la cual solo se la sacar\u00e1 para dejarla morir\u2026\u201d. <\/p>\n\n\n\n<p>Era un libro de 1988, traducido al espa\u00f1ol en el 2006. Era apenas un hilo del cual tirar, y en una memoria extra\u00f1a, ajena.<\/p>\n\n\n\n<p>Hace un par de a\u00f1os, el incre\u00edble documental de Rub\u00e9n Mendoza, El Valle sin sombras (2015), me se\u00f1al\u00f3 el imponente exceso de descuidos y revictimizaciones que, despu\u00e9s de 1985, perpetrara el Estado colombiano. Un alud de infamias (terrible y boba met\u00e1fora, pero necesaria). <\/p>\n\n\n\n<p>Los pocos sobrevivientes se convirtieron en parias, de cuenta de ese talento tradicional de las elites pol\u00edticas colombianas.<\/p>\n\n\n\n<p>Leer Los sordos ya no hablan, en esta reedici\u00f3n, sorprende. No s\u00f3lo porque sea un retorno a una memoria propia, necesaria, imprescindible. <\/p>\n\n\n\n<p>Adem\u00e1s, implica la necesidad de estar mirando el pasado, de resistirse a los que lo quieren sepultar en un escaparate de an\u00e9cdotas para olvidar. <\/p>\n\n\n\n<p>Se nos ense\u00f1\u00f3, con los relatos truculentos del Antiguo Testamento, a no mirar atr\u00e1s por el temor de terminar convertidos en estatuas de sal, como la sumisa mujer de Lot. <\/p>\n\n\n\n<p>Este ensayo sobre la sordera nos obliga a volver sobre el desastre que pesa en nosotros. <\/p>\n\n\n\n<p>Algo as\u00ed jam\u00e1s debi\u00f3 pasar, por supuesto. Y todav\u00eda, sin embargo, se nos obliga a no mirar hacia el abismo, a cerrar los ojos y no hacer ni preguntar. <\/p>\n\n\n\n<p>Este libro es una invitaci\u00f3n, finalmente, a hablar y a escuchar, al arte del di\u00e1logo necesario en la vida, y al que nos hemos cerrado durante siglos en el pa\u00eds de los sordos.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Los Sordos ya no Hablan siguen generando \u201crasqui\u00f1a\u201d en el pa\u00eds. Ahora Joan Manuel Largo dice que Los Sordos ya no Hablan, narrando la tragedia de Armero, nos lleva \u201chasta lo m\u00e1s profundo de la memoria. Aqu\u00ed la rese\u00f1a de Los Sordos ya no Hablan: \u201cJoan Manuel Largo Vargas, Docente de Historia Eafit Decir que somos un pa\u00eds sin memoria es ya un lugar com\u00fan. Una obviedad. Cada vez menos, sin embargo, hay voces que se\u00f1alen los efectos nefastos de esa falta de memoria, de la ausencia de sentido com\u00fan que se le suma a este extrav\u00edo nuestro. 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